UN CUENTO QUE BUSCA SU FIN: LOS CINCO
En un horno de Castilla
De cuyo dueño no quiero acordarme
Se amasaban las traiciones ansiosas de la especulación.
El pequeño traidor se llamaba Traimanuel. El maestro le enseñaba a amasar en la oscuridad de la noche. Un día planeó el maestro la más cruda venganza para aquel pueblo: se haría con el pueblo entero para él solo, iba a estallar la bomba corrosiva de su mal. La venganza se haría dueña de las almas del pueblo esclavizadas por el maestro.
Todo el mundo le pertenecería al maestro.
El maestro Fulián le ofreció unos zapatitos dorados al pequeño discípulo para que le ayudase en su plan. ¡Cuál sería la sorpresa del maestro Fulián al descubrir que Traimanuel había aprendido toda su avaricia y no le quería dar el anillo!
Fulián tenía un tercio del poder: un bello anillo dorado llamado MOM, al que tenía que fundir con los otros dos que existían en el mundo del poblado.
El discípulo guardaba como un tesoro el anillo que un día robó (para variar), donde se leía TRÁN.
El segundo de los anillos de oro era propiedad compartida de tres vejetes fanfarrones del poblado, que no por lo viejos que eran quiere decir que fueran sabios. Se hacían llamar Laureador, Forastero, Soldado de plomo; en su anillo ponía BEL.
El pequeño discípulo pasó algunos meses apartado del maestro… pensando cómo llevarse una mayor partida, total, unos feos zapatos dorados por su tesoro… además ¿qué iba a decir su bella amada?, si ella lo que quería era una peineta dorada de la misma categoría que la de las alcaldesas o las grandes infantas…
Un día del mes de enero de un año no muy lejano recordó Traimanuel el amor hacia el maestro Fulián y fue al horno a refugiarse del frío, estaba dispuesto a llegar a un acuerdo, como se dice en ese proverbio español: bajarse los pantalones.
El calor que allí se sentía era mayor que el de la fragua de Vulcano. Bueno, para el pequeño Traimanuel su maestro era más poderoso que Vulcano, que Amón, que los dioses del fuego del Popol Vuh, que el mismo demonio…
Así es que a su llegada un abrazo caliente como las llamas del infierno les volvió a unir y pronto llegaron a un acuerdo: una casa dorada, un coche dorado, una peineta dorada, una espada dorada para defenderse de los vecinos,… todo esto y mucho más le daría el maestro por entregar su anillo para la fundición.
Esa misma mañana de un sábado del mes de febrero se reunieron el joven discípulo, los tres vejetes fanfarrones y el gran maestro. Los tres anillos se fundirían en el horno; el pequeño discípulo posó el anillo en las sucias manos del maestro, y fue así como nuestro avispado Traimanuel vendió su alma al diablo…
SE BUSCA FIN